DR. MIGUEL RODRÍGUEZ VILLAFAÑE

Es autor del libro Crimen de Crímenes, Genocidios entre 1904 y 2005

 

Miguel Julio Rodríguez Villafañe es abogado y notario recibido en la UNC, doctor en Derecho y Ciencias Sociales y profesor de Derecho Constitucional y de Derecho a la Información. Ejerce además el periodismo de opinión, elaborando con agudeza y compromiso social diversas columnas para diarios y también para nuestro Eléctrum todas las semanas.

Recientemente escribió un libro titulado Crimen de Crímenes en el que expone los genocidios cometidos a nivel mundial entre los años 1904 y 2005, poniendo el acento en los derechos humanos como principio básico a respetar a través de la educación para la paz pero sin dejar de lado la necesidad de Memoria con Verdad y Justicia.

El Dr. Rodríguez Villafañe es un acérrimo defensor de todos los derechos humanos y sus esfuerzos en tal sentido han sido reconocidos por numerosas entidades como el Keren Kayemet Leisrael Córdoba, que plantó en Israel diez árboles en su nombre por esta noble e invalorable tarea. Incluso la Asociación Argentina de Entidades Periodísticas (ADEPA) y la Federación Argentina de Colegios de Abogados (FACA) le otorgaron en tres oportunidades el premio Abogacía Argentina por la divulgación de sus trabajos para la comprensión de los valores de libertad, justicia, democracia, federalismo y libre expresión de ideas.

A raíz de la presentación de su libro en el marco de la Feria del Libro 2017, ELÉCTRUM lo entrevistó en su estudio jurídico:

 

–  ¿Por qué al genocidio lo denomina “crimen de crímenes”?

–  Porque es un delito que conjuga diversas acciones delictivas para producir el máximo daño a la esencia de lo humano, con el objetivo de eliminar a grupos perseguidos por su nacionalidad, etnia, raza o religión. Dentro de ese conjunto de procederes delictuosos están la tortura, el tormento, la desaparición forzada, el robo o apropiación de bebés, entre otros.

En el libro detallo las causas, las consecuencias y los mecanismos para perpetrar crímenes atroces que no todos son genocidios. Describo el genocidio de diferentes pueblos de África, de los armenios, asirios siríacos y griegos en manos de los turcos-otomanos, el holocausto judío y gitano; lo que padecieron el pueblo ucraniano, el pueblo camboyano con la dictadura comunista del Khmer Rouge, el pueblo maya y los ladinos en Guatemala, el genocidio de musulmanes en Bosnia, por citar algunos.

 

–  Más allá de visibilizar todos estos crímenes que forman parte de un plan de limpieza étnica, ¿a qué apunta principalmente el libro?

–  Frente a lo que llamo mega delito, busco que haya memoria activa y justicia desde la verdad para asegurar el efectivo respeto de derechos humanos fundamentales, aportando también conciencia para que se eduque en aras de una convivencia pacífica e inclusiva de todos. Cuando hablo de justicia, incluyo un marco jurídico a tener en cuenta en materia de genocidio y delitos de lesa humanidad que son imprescriptibles.

 

–  Usted plantea además que existen otros tipos de genocidios.

–  En la actualidad se está dando una clase de genocidio al que denomino “implícito”, que es el genocidio del hambre, de la indiferencia, o sea que tenemos una humanidad que no debería permitir que haya pueblos que se mueren de hambre, sobre todo en una franja de África y Asia.

Tirar una bomba química o una bomba atómica es un genocidio porque no hace distinción de nada. En ese carril va el presidente de EE.UU. Trump cuando dice que va a hacer desaparecer con una bomba atómica a Corea del Norte. Eso es inaceptable más allá de lo que se piense del gobierno norcoreano.

También existe el ecocidio, que es una terminología muy utilizada en estos días y hace referencia a la destrucción del medio ambiente poniendo en peligro la subsistencia de comunidades o etnias que en el lugar arrasado desarrollan su actividad.

Enuncio también el genocidio de efecto diferido. Un ejemplo es lo que pasó en Perú durante el gobierno de Fujimori que buscó terminar con pueblos aborígenes esterilizando tanto a hombres como a mujeres. Digo que es de efecto diferido porque no es un exterminio inmediato pero impide la continuidad de la raza o etnia. Y en este aspecto está el genocidio cultural, que es cuando una sociedad hace desaparecer culturas.

Justamente para evitar todo esto, he trabajado sobre preceptos elementales, por un lado la imprescriptibilidad de este delito y por otro la jurisdicción internacional que significa que cualquier juez en cualquier lugar del mundo está habilitado para juzgar a un genocida.

 

–  Usted es un abogado renombrado en el ámbito del Poder Judicial, pero la gran mayoría de los trabajadores no conocen su historia, como decimos en Luz y Fuerza. ¿Nos puede sintetizar su trayectoria?

–  Además de mi labor como abogado y de mis artículos y ensayos periodísticos, fui juez Federal de Córdoba de 1984 a 1990. Hace 30 años, ejerciendo esa función, detuve por mis propios medios a uno de los criminales nazis más buscado de entonces, Josef Leo Schwammberger, quien estaba prófugo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y vivía en Huerta Grande. Esto lo relato en mi libro. En el 89 integré la Cámara Federal de Córdoba que juzgó a Luciano Benjamín Menéndez y fui el único magistrado que de oficio declaró inconstitucional el Indulto menemista que favorecía a los jefes militares responsables de delitos de lesa humanidad. Después renuncié al cargo porque los otros jueces convalidaron los indultos a los procesados y consideré que la impunidad con la que se los benefició era inconstitucional y lesionaba gravemente la conciencia moral de justicia que debe tener el Poder Judicial en Argentina.

 

–  ¿Fue el único juez federal que se pronunció en contra del indulto de Menem?

–  Así es. Yo renuncie al cargo por la incoherencia de Poder Judicial. No se puede indultar ni concederles amnistía a quienes cometieron delitos de lesa humanidad, deben ser juzgados. Haber dejado en libertad por ejemplo a Menéndez era herir de muerte al sentido de justicia, por eso renuncié, no podía aceptar ni ser parte de un Poder Judicial que avalaba la impunidad. Además el hecho de hacerlo te quita autoridad moral para juzgar a cualquier persona.  Con qué autoridad moral puedo condenar a alguien que robó o mató a otra persona si dejo libre a Menéndez, no tiene sentido común.