¿SERÁ EL TRIUNFO DE MUERTE?

Por Federico Figueroa

Llevan tapaboca, barbijos caseros, que cubren sus fosas nasales y bocas. Es imposible adivinar cómo es su rostro, su sonrisa, el orillo en la mejilla o la forma de los labios. A veces, cuando hablan pausados, las palabras se arrastran tanto por atravesar la tela que se confunden con otros sonidos, otros significantes. En los almacenes, en las farmacias, nadie se aproxima más allá de lo permitido, a dos metros de distancia unos de otros, aceptan la regla pacientes. El impulso de cortesía de dar mano, un simple beso en la mejilla, u ofrecer un mate, es inhibido por esa voluntad externa hecho deber: “no abrazarás a tu prójimo, aunque lo ames”.

Aprender a convivir con covid-19 ha demandado esfuerzos y mucha paciencia, algo que hemos estado aprendiendo a cultivar día con día ininterrumpidamente. ¿Cuándo terminará? A ciencia cierta, nadie lo sabe. Incluso, si cesara el encierro no significa que el covid-19 haya sido vencido, ni mucho menos. Porque solo una vacuna podrá liberarnos de nuestras peores pesadillas. Mientras tanto seguimos pensando que otras bestias nos aguardan en el horizonte.

Es un tópico común,  repetido en cada sobremesa, que el desmesurado aumento de la población,  junto a la depredación de los recursos naturales y la mutación genética de los alimentos que a diario consumimos nos han puesto más cerca del abismo que de las bienaventuranzas prometidas de la modernidad. Y de algún modo, las intrigas y las sospechas invaden este difuso presente impidiendo ver si el mañana traerá una nueva aurora o será el eterno retorno de un mismo fracaso humano.

El covid-19 es la primera pandemia postmoderna que enfrenta el colectivo social de la raza humana. La bisagra temporal en la que nos encontramos más de 7.000 millones de personas habitantes del planeta. Personas que se alimentan a diario, gracias al descubrimiento y posterior decodificación del código genético que  permitió inaugurar la revolución biotecnológica sin la cual alimentar a semejante número de seres humanos sería ciertamente imposible.

Empero, la mayor novedad cultural de este tiempo es sin duda la revolución cibernética, la revolución digital y con ellos su gran hermano menor, la red de redes, la poderosa internet. Hoy millones de seres humanos están conectados e interactuando en tiempo real en este preciso momento: comprando, vendiendo, amando, soñando. Es como si el sol nunca se pudiera ocultar, todo se ve y está en el internet.

El 11 de marzo del año gemelo, cuando la OMS decretó la pandemia del covid-19, cualquier ser humano desde cualquier lugar del insignificante  globo terráqueo podía acceder en tiempo real con su celular, tablet o notebook y saber la cantidad exacta de los contagiados: los nuevos, los recuperados, y los muertos, país por país. Hasta el día de hoy, son 187 los países que reportan la presencia social del covid-19, y aunque sea muy doloroso afirmarlo, solo será cuestión de horas superar las 250 mil muertes- y los números siguen, desgraciadamente…

Las ciudades más glamorosas de occidente, las bellas babilonias postmodernas: New York, Londres, Milán o Madrid, han perdido su brillo, un ocre mortecino las cubre, son una performance apocalíptica del genial Jheronimus Bosch, o si lo prefiere, una pintura tridimensional de “el triunfo de la muerte” de Pieter Brueghel “el viejo””.

Sus calles desoladas, sus parques y plazas vacías de personas, no hay murmullos, solo se escucha el canto penetrante de los pájaros. Los animales autóctonos han regresado a sus viejos hogares de donde fueron expulsados para construir playas de estacionamiento. La vegetación volvió con sus colores primarios, las aguas se depuraron y en el cielo descubierto sus perlas nocturnas: las estrellas.

Sin embargo, hay un silencio asfixiante que recorre la ciudad, porque después de tanta cobardía moral ya no hay cementerios para tantas muertes, el covid-19 no respeta raza, credo, religión, sexo o edad, aunque tiene una patológica inclinación por nuestros abuelos y abuelas….  En algunos países son tantos los cadáveres que ya no tienen nombres o rostros. La memoria se hace añicos y teme perderlos en su relato, esas historias cotidianas, esos sueños y amores que los hacen únicos y singulares.

No hace falta decir que el hedor de esos miles de cuerpos, vestidos de túnicas negras de nailon, que se amontonan en fosas comunes es  insoportable, imposible llevar en el corazón y duelen tanto como la herida que nunca cierra que el abyecto centurión Longino de Cesare hiciera al cuerpo del crucificado,  Jesús-Cristo.

En el siglo XIV la peste negra, la peste bubónica, arrasó la Europa medieval. Su horror quedó impresa en la historia como en los relatos comunes. De algún modo fue un apocalipsis. El mundo cambió, ya no fue el mismo, las ciudades y los comportamientos sociales también, entonces es de Perogrullo sostener que lo mismo puede suceder ahora.

Cuestiones tan simples como lavarnos las manos con agua y jabón han vuelto a tener una relevancia sustancial para proteger nuestras vidas. Nada, excepto la higiene y el aislamiento social puede cuidarnos. Por eso es que si cada uno de nosotros nos quedamos en nuestros hogares la peste, la bestia, no podrá trasladarse… solo es cuestión de tiempo, solo tiempo.

Los principales gobiernos del mundo, como el nuestro,  tomaron las medidas más razonables y sensatas de realizar: nos pidieron quedarnos en casa. Nos pusieron en cuarentena. Una profilaxis surgida en la edad media: que puede traducirse con cuatro veces diez días o cuarenta días. Que a la postre son los días que se necesita para saber si se tiene o no la peste bubónica o el covid-19…

Pero el mundo no se puso en “quaranta”, se detuvo… si, se detuvo. Así de simple. Hace más de dos meses que el único tema en los diarios y noticieros del mundo es el covid-19,  todo lo demás ha pasado a un segundo y en tercer plano. “La vida”, la cuestión de la vida volvió a ser el centro del debate de la consideración moral, política y religiosa. Lo curioso es que el debate nos incluye a todos, desde el escribiente como al lector que es usted. Algo tan obvio pero que dejamos de lado.

Durante años hemos hablado del mundo, de los otros, y nosotros estábamos fuera del texto, ahora cada decisión, cada cuestión nos involucra, nos interpela… nos hemos descubierto parte de un todo, los escribas con la vocal “a” o la vocal “e”. Nadie queda afuera. La semántica de la trivialidad de lo cotidiano ha dado paso a la semántica del sentido de lo pequeño como hacer nuestro propio pan, para citar a un amigo que se maravilló que él pudiera hacer algo así.

De repente cada hombre o mujer del mundo se ha encontrado que llevar el reloj en la muñeca dejó de ser indispensable, lo relevante de ayer se devela como insignificante y banal. Comer, el simple hecho de comer dejó de ser ingerir algo que denominábamos “fast food”, comida rápida… como de rápida era la destrucción de nuestra salud física. La vida nos comienza a importar desde otro lugar, no como dado, sino como condición necesaria.

Hace un año aproximadamente afirmamos que cada generación tiene su propia  tarea por hacer.  Tarea que lo encastra con su historia, con los hombres y la mujeres que muchas veces ni siquiera tienen una placa que los recuerde pero que cimentaron nuestra nación, que pensaron que la felicidad y la equidad de todos los que habitan el suelo es la única razón para la vivir. Un nuevo contrato social después del covid-19 es indispensable.

La cuestión de los derechos se ha vuelto fundamental. Porque de ello depende la vida. Se ha dicho que entre la vida y la economía, nosotros elegimos la vida. Elección que plantea nuevas reglas de juego. Donde cada vida es preciosa única e irrepetible, donde vuelve el concepto de la solidaridad compartida, donde el individualismo egoísta cede a al comunitarismo moral… no es la sociedad que se la realiza en mí, sino que yo soy el que me realizo en ella.

Los poderes terrenales no pueden ni deben ser vistos como hasta ahora…no es que el mundo haya cambiado, sino que no podrá volver a ser como fue hasta antes del 11 de marzo. Aquello terminó.

Plantearnos en qué mundo queremos vivir es la única pregunta que abre nuevas respuestas y preguntas. No podemos seguir creyéndonos los dueños del planeta tierra cuando solo somos tránsito sobre él.

Los recursos naturales no son propiedad de una nación sino un recurso compartido que debemos cuidar en beneficio de todos. Comprender que no hay derechos absolutos, ni tuyos, ni míos, sino que es derecho porque se funda en la justicia, en su moralidad constitutiva que la hace vinculante. Por eso es tan relevante plantearnos un nuevo contrato social, refundar nuestra república, no para sostener un pasado sino para transformar nuestras vidas.

Cuestiones como los geriátricos, lugares donde dejamos a nuestros mayores para esperar su muerte, no nos hacen dignos después que ellos hicieron el trabajo. Las personas mayores no pierden su condición de seres humanos, ni sus derechos elementales solo por ser viejos… los padres que hasta ayer veían a sus hijos cuatro horas al día, en el desayuno y en la cena, han descubierto que ellos son también su responsabilidad, que tienen obligaciones compartidas,  y han redescubierto que tareas tan simples como preparar la cena o el desayuno, mantener la limpieza, puede ser un gran trabajo, y muchas veces mal remunerado. Les decíamos amas de casa cuando eran casi electrodomésticos o cuasi-esclavas domésticas de un trabajo doméstico que es duro. Que el aire que respiramos no es gratuito o es una locura tolerar que se arroje tóxicos al aire o todo tipo de inmundicias porque alguien puede pagarlas.

La vida es un bien y su valor es único y está por sobre todos. Cada hombre o mujer del globo lleva en su cuerpo parte del código genético de millones y millones de antepasados comunes… somos parientes necesarios los unos con lo otros, no importa el color o el sexo. La suerte de mis ventajas o habilidades son solo porque soy parte de la raza humana.

El músico y poeta inglés Roger Waters se preguntaba en su obra Deja Va, “¿is this life we really want? (si es esta la vida que realmente queremos): / Así que, como las hormigas, somos unos tontos/¿Es por eso que no sientes o ves?/¿O estamos desprovistos de sensaciones en la TV de la realidad?/Así que cada vez que la cortina cae/ Cada vez que la cortina cae sobre alguna vida olvidada/Es porque todos estuvimos de pie,/ silenciosos e indiferentes/

Si esta es la vida que realmente queríamos tener… es algo que yo no puedo dar su respuesta por Ud. pero si puedo dar la mía: no es ésta. Si queremos ser felices, la respuesta solo es posible estando unidos y no separados. No somos tan distintos como nos quisieron hacer creer, ahora solo depende de nosotros reinventarnos, volver a encontrarnos y darnos ese abrazo a la vida.

 

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