LO QUE NOS DEJÓ EL GOBIERNO DE MACRI Y SUS ALIADOS

Canasta Alimentaria por las nubes

La dolarización de los alimentos en Argentina

 

En 2020, la canasta básica alimentaria aumentó un 45%, por encima de la mayoría de los aumentos paritarios en las distintas ramas de actividad y por encima de las posibilidades de muchos argentinos, aumentando la brecha de la desigualdad social.

Las subas se verificaron mes a mes aún con medidas como el congelamiento de tarifas (que impacta en toda la cadena productiva) o el programa de precios máximos. Cabe preguntarse cómo es que se llega a una mesa virtualmente dolarizada, donde los argentinos, productores de materias primas y de alimentos industrializados,  dependemos cada vez más de las cotizaciones internacionales para pagar la mesa diaria.

No es una situación que pueda atribuirse sólo a la crisis derivada de la pandemia y tampoco, exclusivamente, a los efectos duraderos de las políticas macroeconómicas implementadas durante los 4 años de gobierno de Cambiemos. Esta es una cuestión que viene amasándose desde larga data, directamente derivada de la progresiva y cada vez más profunda globalización y concentración del mercado mundial agroalimentario, situación que si no es contrarrestada por políticas económicas  internas pensadas en función del fortalecimiento del mercado interno, hacen incontenible una dolarización de hecho en este caso de los alimentos, aunque lo mismo sucede con otros rubros centrales como la energía o el mercado inmobiliario, que los trabajadores afrontamos con salarios en pesos y en pérdida respecto de la inflación.

 

Alimentos que se volvieron un  lujo

Es casi un cliché decir que la Argentina está preparada para producir alimentos para 400 millones de personas, pero los problemas de inseguridad alimentaria para nuestros 44 millones de compatriotas, persisten. No sólo respecto al acceso a los alimentos, sino respecto a qué comemos los argentinos, cómo producimos, qué efectos tienen los sistemas de producción sobre la salud y la calidad alimentaria. Las distintas aristas tienen su nudo en las “reglas del juego” internacional de un mercado y una industria concentrada en muy pocas manos a nivel mundial, modelo concentrado que se replica en las economías nacionales, siendo los actores de peso a nivel local, eslabones de una economía transnacionalizada.

En el caso de la carne, que sólo en diciembre aumentó un 20%, se atribuye la disparada al aumento del precio internacional del maíz, principal insumo para alimentar al ganado. Ahora bien, ¿Argentina compra el maíz afuera? No. Argentina produce maíz en cantidad suficiente y lo lógico sería un desacople de precios, una cosa es cuando se vende el maíz al exterior y otra cuando se vende hacia adentro como insumo para la industria cárnica. Existe aquí una intención deliberada de sacar mayor ganancia, que genera un efecto cadena, todos quieren cobrar a cotización dólar, dolarizando todo el mercado, esto es lo que sucede con otras dependencias a las que se ha atado la industria agroalimentaria argentina, por caso las semillas híbridas, los herbicidas y fertilizantes (agrotóxicos).

Asimismo, el impacto de la demanda récord de carne argentina por parte de China, no debe soslayarse. En efecto, el comercio de este rubro con el país asiático sumó entre enero y noviembre de 2020, 825 mil toneladas por 2.510 millones de dólares, como la demanda de afuera crece, existe la tentación de vender al mercado interno al mismo precio para no perder, o en su defecto, como viene sucediendo, dejar para el consumo de los argentinos carnes de segunda o tercera.

Otros casos sintomáticos de especulación y fijación de precios se notan en la comercialización de harina y aceite. En el caso del aceite, la suba en el mercado de Chicago de las principales oleaginosas, termina impactando en el precio, siendo uno de los productos que más subió durante el 2020, un 57% pese a los acuerdos de precios. En el caso de las harinas, que impacta de lleno en el consumo popular, la retención del cereal para la industria ya sea para luego exportar o esperando (y empujando) una devaluación del peso, lleva el precio del pan por nubes. En la cadena, los actores de menos peso somos los argentinos de a pie, y ahí es donde es saludable un Estado firme salvaguardando el interés común.

 

Concentración, estructura de costos y puja distributiva

La agroindustria a nivel nacional está hiperconcentrada, donde una veintena de industrias elaboran el 80% de los alimentos y bebidas que se venden en el mercado interno argentino (Arcor, Molinos Río de la Plata, Danone-La Serenísima, Adecoagro, Ledesma, Coca Cola, Nestlé, Mondelez-ex Kraft, Molinos Cañuelas, Morixe) y las grandes cadenas de ventas (Coto, Carrefour, Cencosud, La Anónima, Walmart) manejan el 65% de la comercialización de esos bienes consumidos.

Esto hace complejo regular el proceso de formación de precios, y fundamental un contrapeso de políticas públicas. Una dificultad para el caso argentino es que no hay estudios de costos serios, ni blanqueo de márgenes de ganancia por parte de las empresas. Si el Estado sólo se maneja con los datos suministrados por estas grandes empresas concentradas, no puede fiarse de tener los números blanco sobre negro. Más aún cuando es una práctica común la evasión, la subfacturación y las maniobras de triangulación para evadir al fisco, y mantener en la nebulosa las utilidades reales.

Frente a una voluntad persistente de los sectores concentrados de la economía nacional de anclar los precios a las cotizaciones en divisa internacional para aumentar sus ganancias, existe en frente, la voluntad histórica de los gobiernos populares, de desacoplar los precios del mercado interno de las cotizaciones internacionales.

En la puja, se reedita una y otra vez la tensión con las entidades del agro por las famosas retenciones y la resolución involucra también a la discusión salarial, el costo tarifario y la cuestión monetaria. Sin duda las retenciones son una de las principales herramientas que posee el Estado para el empujar el desacople, en palabras del economista cordobés Fernando Oviedo, “en ausencia de retenciones, los productores y/o acopiadores de bienes alimenticios exportables tienden a vender sus productos en el mercado interno al equivalente en moneda local del precio internacional, es decir, al precio en dólares multiplicado por el tipo de cambio. Con las retenciones a las exportaciones se reduce el precio que cobra el productor por tonelada vendida al exterior. De esta forma, al disminuir el precio de referencia en el mercado mundial también cae el precio local”.

Si miramos otros países de la región, con similares concentraciones económicas en los mercados formadores de precios y con perfil exportador de materias primas, vemos que sus índices de inflación están muy por debajo de la Argentina: Brasil 3,1% anual en el 2020; Chile, del 3,1%; Paraguay, 1,6%; Perú, 1,8%; Colombia, 2,0%. ¿Por qué? Porque en Argentina tiene lugar una puja distributiva que provoca una inercia inflacionaria. Según el economista Fernando Oviedo, en el resto de esos países “la distribución del ingreso está cristalizada en un sentido regresivo, o sea, la puja está congelada”, en la Argentina la discusión por la redistribución del ingreso es una constante, aquí se presiona por salarios dignos, por movilidad ascendente, por tarifas y precios accesibles, se lucha por la educación y la salud pública de calidad (con el consiguiente “costo fiscal”). Esta puja por la distribución, sumada a la escasez relativa de dólares de la economía argentina y a la particularidad local de la demanda de dólares para atesoramiento, genera una puja exacerbada donde los grupos concentrados tiran de la cuerda en sentido contrario.

Son  fundamentales en este sentido los anuncios del Gobierno del Frente de Todos respecto a la conformación del Consejo Económico y Social, donde se discutan estas cuestiones con participación de todos los sectores. Es una necesidad, manifestada por el presidente, que los salarios dejen de correr detrás de la inflación, así como también lograr que el crecimiento sea por la vía del fortalecimiento del mercado interno, del desarrollo industrial con empleo de calidad y con valor agregado, del crecimiento de las exportaciones y no por la vía de la especulación y manipulación monetaria, que sólo le sirve a los grandes grupos económicos. El gran pacto nacional es la única salida.

En este esquema que hoy sufre la economía argentina, algo que no dicen los medios concentrados es que tiene mucha responsabilidad la gestión anterior que inclinó la balanza hacia los sectores concentrados, junto a un endeudamiento externo con el  Fondo Monetario Internacional inédito en la historia.  Ya recuperamos el Ministerio de Trabajo, devaluado a secretaría en la gestión macrista, como también hay un Ministerio de Salud preocupado por la salud. Faltan cosas como un Ministerio de Energía que genere políticas energéticas y evite los grandes negociados que concretó Macri y sus aliados. Tenemos que transitar un camino en el que vamos a cruzarnos con varios obstáculos,  pero de esta salimos todos unidos, solo nadie se salva.

 

La remarcación del precio de los alimentos, una constante que encarece la mesa de los argentinos

 

 

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