EL ESCENARIO POSELECTORAL

Deuda Externa, Soberanía y Justicia Social

 

En las elecciones del 14 de noviembre, la remontada del Frente de Todos en el conurbano bonaerense, más dos provincias recuperadas (Tierra del Fuego y Chaco), colocó al Gobierno nacional como el ganador en términos simbólicos de una pulseada por demás equilibrada y difícil.

El  respiro electoral ofreció algunas certidumbres, como conservar gobernabilidad y posibilidad de maniobra parlamentaria, sosteniendo la primera minoría en la Cámara de Diputados y, aunque perdió quórum propio en el Senado, allí todas las fichas se apuestan a la habilidad política de Cristina y a la presión que la gestión  nacional pueda ejercer sobre las provincias.

Con la marcha del 17 de noviembre, conmemorando el Día de la Militancia Peronista, el Gobierno festejó a lo grande una victoria política innegable, cuya muestra más palpable fueron los inútiles esfuerzos de los referentes de la oposición tratando de explicar que ellos ganaron la elección. Decimos victoria política, entonces, donde el mensaje de las urnas reflejado también en la multitud concentrada el 17 de noviembre, fue claro: un voto más de confianza para un Gobierno que llegó en 2019 con la promesa de librar a la Argentina de la senda de pobreza, desempleo y desindustrialización, males que se sintetizan en el trinomio  ajuste-fuga de divisas-deuda externa. Particularmente el yugo de un endeudamiento externo inédito está hoy en el centro de toda discusión sobre futuro o previsibilidad en la Argentina, es en definitiva, la madre de todas las batallas.

 

Una negociación silenciosa

La misma noche del 14 de noviembre, el presidente anunciaba el envío de un proyecto de ley al Congreso nacional, para los primeros días de diciembre. La iniciativa contiene un plan plurianual que sería la base para luego acordar con el FMI. Pocos días después, se conoció que la aprobación por parte del Congreso de este plan plurianual, es un requerimiento del FMI para la negociación, un programa de previsibilidad en cuanto a política económica, gasto, metas de inflación y fiscales, esto que ahora llaman “sostenibilidad”. También se supo, que  todos los esfuerzos argentinos por intentar una quita de capital, o de intereses, o bien una baja del porcentaje de interés, fueron denegados por el Fondo y que a lo que está apostando el Gobierno es a ganar dos o tres años de gracia y un plazo de  10 años para pagar. A cambio, el FMI quiere un plan aprobado por el Congreso y con amplio consenso social y político que de “garantías”.

Cabe preguntarse entonces, ¿garantías y sostenibilidad para quien debe garantizar el tan mentado plan plurianual? Resulta por lo menos extraño que cuando la Argentina debe encarar el peor endeudamiento externo de su historia, la cuestión del acuerdo con el FMI, no sea la cuestión excluyente del debate público y la acción política. El tema se debate sólo intermitentemente en los grandes medios y con información que llega a cuentagotas. Sin eufemismos, ¿cuál es el contenido del mentado plan plurianual? Debiéramos ya saberlo, y el hecho que sean sólo especulaciones, no hace más que profundizar la preocupación.

La deuda de 45 mil millones de dólares con el FMI, tomada en violación a la ley Argentina, en violación a los estatutos del Fondo y usada para la fuga de capitales, se suma a la contraída con acreedores privados, que ya fue renegociada en 2020,  conformando un endeudamiento externo que creció entre 2015 y 2019 del 49% al 90% del PBI, y a noviembre de 2021 ya supera el 100% del PBI. En su conjunto, es una deuda odiosa que vuelve inviable a la Argentina de los próximos años. Si sumamos los pagos comprometido con acreedores privados en la deuda renegociada en agosto de 2020, con los pagos que el Gobierno busca acordar con el FMI en dos o tres años, la Argentina del 2024 es una bomba del tiempo, un país estrangulado por una deuda impagable, que supera ampliamente nuestra  capacidad de pago. ¿Y entonces?

 

FMI, soberanía y deuda interna

Se ha ido afianzando erróneamente la idea, en propios y extraños, de que el  peronismo es igual sólo a “justicia social”, y que la justicia social implica más o menos lo mismo que igualdad social. Para el peronismo, y para el imaginario popular argentino, la justicia social es una marca registrada, a la cual se arriba a partir de poner al trabajo como ordenador social, es el trabajo que dignifica y posibilita el acceso todo lo demás: educación, salud, vivienda, cultura, previsión social, participación política plena. En ningún lugar del mundo un plan de achicamiento del gasto centrado en la “pulcritud fiscal” dinamiza la rueda económica y genera más y mejor trabajo. Está como primera cuestión, pero además la justicia social es postulada por el peronismo como la tercer bandera, después de la soberanía política y la independencia económica: no por tercera es menos importante, al contrario, es la meta más importante para el justicialismo, pero el hecho que esté precedida por la soberanía política y la independencia económica, responde a que sin las dos primeras, sin soberanía y sin control de la economía, no hay justicia social.

Se escucha por doquier que un buen acuerdo con el Fondo o uno no tan malo, es uno que no implique un ajuste brutal sobre el ya empobrecido pueblo argentino, pero contradictoriamente se impone casi sin discusión y obturando un mayor debate, que la única vía para acordar es pautar la política económica de los próximos años (por lo menos una década) con el Fondo Monetario Internacional,  además de dar facilidades de inversión a los grandes conglomerados empresariales de los cuales el FMI es su principal lobista, para que vengan e “inviertan” en la Argentina.

Un  programa económico con metas pedidas como “garantías” por el FMI, es contradictorio con un programa de desarrollo soberano. Es por el contrario un  programa que tiene grandes chances  de condicionar nuestra política nacional a los parámetros de la ortodoxia liberal fondomonetarista, si a esto le sumamos los brazos abiertos de la Argentina a las inversiones transnacionales para explotar y extraer nuestro litio o el hidrógeno verde que usa grandes cantidades de agua dulce -cuya letra chica tampoco conocemos bien-, estamos ante el serio riesgo de un futuro condicionado por las metas del FMI en su crecimiento y política de redistribución y condicionado en el uso soberano de sus recursos naturales y estratégicos.

En 1972, un Perón que vislumbró varios aspectos del mundo de las siguientes décadas, publicaba en su Carta Ambiental, el problema crucial que enfrentarían los países como Argentina, cuando estallara el problema de la crisis ambiental. Según sus textuales palabras, “no es un problema más de la humanidad, es el problema”. En dicho mensaje, Perón planteaba a los países del Tercer Mundo: “Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo, en los centros de alta tecnología a donde rige la economía de mercado”.

 

Deuda, acción climática y los recursos naturales para la transición energética

Se preguntara el lector por qué traemos a colación, entrelazadas, estas cuestiones,  a propósito del problema argentino con la deuda. El propio Alberto Fernández en distintos foros y recientemente en Glasgow, viene insistiendo en la voluntad argentina de cambiar deuda por acción climática. ¿Qué implica esto? En un mundo cada vez más global, donde las elites que conforman el “Estado profundo”, imaginan y trabajan para construir un “Gobierno mundial”, todos somos piezas en un gran tablero que, pretenden ellos, mover a su antojo. Es sabido de sobra que el endeudamiento externo es una de las principales herramientas neocoloniales y es sabido también que lo que más ambicionan es hacerse de nuestros recursos estratégicos y naturales, cuestión que se enfoca hoy en los recursos necesarios para controlar la transición energética: el litio, el hidrógeno verde, los recursos minerales y el agua, son el petróleo del futuro. Dice Alfredo Jalife, uno de los analistas más lúcidos de Latinoamérica: “Ojalá tengamos esa famosa energía verde, el problema es quién lo va a controlar,  ya vimos que tanto EEUU como Gran Bretaña, quieren controlar la Agenda Verde, como arma geoestratégica, quieren financiarizar lo que ya están ideologizando y geopolitizando con la economía verde. Estamos hablando de un control que viene por la puerta trasera, nos dimos cuenta que detrás de la bondad, la filantropía, traen una agenda globalista, quieren imponer la agenda verde para controlar al mundo”.

¿Qué ofrecemos entonces a cambio de deuda, acción climática o acceso a nuestros recursos? ¿Qué nos garantiza el crecimiento con redistribución de la riqueza, si profundizamos la dependencia y limitamos el acceso a nuestras propias riquezas? Por lo pronto, todo parece indicar que el Gobierno logrará dos o tres años para darnos un respiro y ver si somos capaces de salir de este atolladero. A 20 años del 2001, los argentinos hemos probado que no es cierto que no haya salida, encontramos los caminos en ese momento y debemos encontrarlos ahora.

PATRIA SI, COLONIA NO.

 

Kristalina Georgieva, titular del FMI y Martín Guzman, Ministro de Economía y negociador de la Deuda Argentina

 

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